En primer lugar, queremos felicitar sinceramente a todas las personas galardonadas en esta edición de los Premios Jaume I. Sus trayectorias son, sin duda, excelentes y merecen todo el reconocimiento público. Precisamente por respeto a la ciencia, al talento y al valor social de estos premios, creemos necesario abrir una reflexión serena, pero urgente, sobre su formato actual.
Los Premios Rei Jaume I han recorrido ya una larga trayectoria hasta consolidarse como uno de los grandes referentes de la ciencia, la innovación y el emprendimiento en España. Son, además, unos premios de enorme visibilidad y dotación económica. Por ello mismo, no basta con que reconozcan trayectorias excelentes: deben asegurar también que sus propios procedimientos estén a la altura de la excelencia que visibilizan.
Que en esta edición, de siete premios, solo una mujer haya resultado galardonada no puede leerse como una anécdota ni como un problema menor de representación. Tampoco puede resolverse con la explicación habitual de que “se premia únicamente la excelencia”, como si la excelencia apareciera ante nuestros ojos de forma neutra y evidente. La excelencia científica no existe al margen de los procedimientos que la identifican, la proponen, la evalúan y la reconocen.
El problema, además, no se limita a esta edición. Si observamos la última década, las mujeres representan apenas algo más de un tercio de las personas premiadas. Es cierto que ha habido algunas ediciones con una presencia mayor de mujeres, pero lo más frecuente sigue siendo que haya dos, una o incluso ninguna mujer premiada. Este año, con una sola mujer entre siete galardones, vuelve a mostrarse un patrón que debería preocupar a los convocantes de unos premios que aspiran a representar lo mejor de la ciencia y la innovación en España.
La principal medida debería situarse en el origen del proceso: las candidaturas. Al igual que ocurre en otros premios, como en los Premios Nacionales de Investigación, que han avanzado hacia la igualdad sin mayor dificultad, debería incorporarse la paridad en los procesos de presentación y selección de candidaturas. Esto permitiría que instituciones, academias, universidades, centros de investigación, asociaciones científicas y entidades nominadoras se implicaran activamente en la identificación de mujeres excelentes. No basta con esperar a que las candidaturas lleguen. Cuando los premios tienen capacidad de orientar el prestigio científico, también tienen responsabilidad sobre cómo se busca, se visibiliza y se propone el talento.
Esta medida ha demostrado ser muy eficaz porque desplaza adecuadamente la pregunta. La cuestión no es si hay mujeres excelentes: las hay. La cuestión es cómo determinados sistemas de reconocimiento siguen teniendo dificultades para encontrarlas, proponerlas y premiarlas con la misma frecuencia, y cómo podemos avanzar para que se reconozca el conjunto y la diversidad de la excelencia de nuestra ciencia e innovación. Incorporar la paridad en las candidaturas significa evitar que el reconocimiento dependa en exceso de redes ya consolidadas, de trayectorias históricamente más visibles o de dinámicas acumulativas como el llamado “efecto Mateo”, por las que tienden a recibir más reconocimiento quienes ya cuentan con premios previos.
No se trata de que quien actúa de jurado seleccione con sesgos conscientes o voluntad de discriminar, esto está claro, sino de que todos los procesos de evaluación se ven influidos por formas heredadas de entender el mérito. Una rúbrica reflexiva en materia de igualdad ayudaría a detectar posibles sesgos inconscientes -que todas y todos tenemos, como muestra ampliamente la evidencia científica- y a mejorar la calidad institucional del proceso.
La paridad en las candidaturas permitiría ensanchar el campo de búsqueda y hacer más difícil que la excelencia de muchas mujeres, así como otras formas de excelencia más diversas, distintas o disruptivas, queden fuera antes incluso de ser evaluadas. Esta es una problemática habitual en los sistemas de evaluación: cómo evitar el sesgo de la tradición ante la dificultad de valorar aportaciones altamente originales, que precisamente por serlo a veces cuesta percibir en todo su alcance.
También es importante cuidar el lenguaje. Unos premios de referencia deben utilizar un lenguaje inclusivo, no como gesto formal, sino como expresión de una cultura científica que reconoce que el talento no tiene un único sujeto ni una única forma de nombrarse.
Por último, creemos que ha llegado el momento de repensar algunas categorías. Si los Premios Rei Jaume I son ya premios de referencia nacional, deberían reflejar mejor la amplitud de las disciplinas científicas actuales. Resulta llamativo que en el ámbito social se mantenga la economía como única categoría, sin abrir espacio a otras ciencias sociales como la psicología, la sociología o las ciencias políticas, ni a las humanidades, que también producen conocimiento imprescindible para comprender los grandes retos contemporáneos por sí mismas, además de contribuir a la reflexión técnica, científica y social sobre ellos. Así lo reflejan, de hecho, las políticas científicas actuales, cada vez más orientadas a enfoques interdisciplinares y a la comprensión compleja de los desafíos sociales. Del mismo modo, sería oportuno considerar tecnologías no necesariamente vinculadas a la salud y campos emergentes interdisciplinares en los que se está produciendo conocimiento decisivo para nuestras sociedades.
También sería valioso incorporar un premio a equipos de investigación. La ciencia no avanza solo por la figura del genio individual, sino por la cooperación, la inteligencia colectiva, la construcción de comunidades científicas y el trabajo sostenido de muchas personas. Reconocer equipos es reconocer una forma de excelencia habitual y necesaria en un contexto de avance del conocimiento sin precedentes.
Estas propuestas buscan fortalecer unos premios que ya son importantes y que, precisamente por serlo, tienen la responsabilidad de avanzar. La excelencia científica no puede entenderse solo como un atributo individual de quienes reciben un galardón -cuyos méritos y esfuerzo no están en duda en ningún caso-, no se puede dejar este peso sobre los hombros de quienes hacen la ciencia en el día a día. También debe medirse por la calidad, apertura y justicia de las instituciones que apoyan la ciencia e innovación, proponen y deciden a quién se reconoce.
Desde AMIT estamos a disposición de la Fundación Premios Rei Jaume I para debatir estas y otras medidas que puedan contribuir a reforzar su prestigio, su capacidad de reconocimiento y su compromiso con una ciencia e innovación excelentes, igualitarias y orientadas al valor social.



